Atalaya

Vigilante, en la soledad que te da la cima de la colina, contemplas el devenir de la vida, que discurre ajena a ti. A lo lejos, una infinidad de actores representan meticulosamente una tragedia en la que tu papel se ve reducido al de mero espectador. La vieja atalaya sigue siendo un hogar para ti, solo visible para los demás cuando en la oscuridad de la noche, te calientas acurrucado junto a la hoguera de tus lamentos, jurándote a ti mismo que a la mañana siguiente abandonarás aquel lugar. Pero cada mañana, con los primeros rayos de sol, vuelves a entender que por mucho que bajes y trates de formar parte de su representación, jamás serás uno de ellos, y que tu sitio sigue estando allá arriba, palpando la frialdad de los barrotes de la carcel que tu mismo construiste, observando en soledad el transcurso de la vida que nunca vivirás.

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